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lunes, 15 de septiembre de 2008

Ahí

Encerrada en la cueva con la puerta abierta, estoy ahí. Hago como la que no sabe, y dejo que mi estómago me guíe. Él nunca se equivoca; si acaso lo parece, pero qué va. Me tumbo allá donde me place y escucho a Jens Lekman y todo está bien porque mi estómago lo dice.
Entonces subo al tranvía y abro el broche que ha estado sujetando hasta ese momento el cuello de mi abrigo de lana, y respiro. Sentada en paralelo, me subo los calentadores hasta las rodillas y me quito las bambas para asegurarme de que los dedos de mis pies efectivamente siguen en su sitio.
Me giro y hago un hueco en el vaho de la ventana para mirar, todo gris y blanco sucio, lo que hay allá, afuera.

domingo, 24 de agosto de 2008

Mientras, camino. Mientras camino.


Cuando me siento feliz no escribo más que chorradas felices, así que a ver. Pero es que los mosquitos han tenido su festín entre los dedos de mis manos y en mis piernas y en mi culo y ahora no puedo dormir, aunque es una madrugada esta de grillos y coches que pasan como canciones monótonas por esa carretera que no tiene curvas pero sí vías centrales. Creo que los mosquitos siguen comiéndome mientras escribo sentada en el alféizar pero ya da igual. Los postes del tendido eléctrico del tranvía juegan al conejo de la suerte, pero qué serios les miran los edificios comunistas que hay a los lados. No aprueban en absoluto su libertina actitud. Hoy es una de esas noches en que tengo la sensación de que me vigilan. Bueno, que me contemplan, que no tiene una connotación tan de malas intenciones. Aunque podría sentir lo mismo a las tres de la tarde o a las once de la mañana, eso es lo de menos. Debe de ser la novedad del insomnio. Se me juntan las letras unas con otras en un baile caótico y no veo lo que escribo, no hay luz. No sé si debería deslizarme silenciosa en la otra cama, a lo mejor él consigue que deje de prestar atención a los trenes que pasan. Entonces igual puedo dormirme.

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Hay dos bolsas de plástico persiguiéndose alrededor de un abeto. Hace tanto viento que las olas en la hierba son altísimas; si no fuese porque son verdes y tienen flores me darían miedo. Pero tienen flores, pobrecitas.
Ha llovido y tronado y relampagueado, y el calor era pegajoso mientras bebíamos vino blanco en esas copas tan bonitas. Creo que los árboles no van a poder estar rectos nunca más, tanto los ha ladeado el viento. Ruge, ruge. Qué miedo debe dar el invierno aquí. Parece que me vaya a caer; estoy dentro, estoy a salvo, pero aúlla tan fuerte y todo se mueve tan violentamente ahí fuera que quién sabe si no quiere que salga a bailar yo también. Oh. Relámpagos otra vez. Hay sitios que no están hechos para el verano, porque tienen los ojos claros y siempre están enfadados; tienen que fruncir el ceño cuando les da el sol. Hay chimeneas, varias, muchas. Chimeneas de fábricas esparcidas por la ciudad. Qué frío es todo, cómo me gusta. ¿Puede nevar en agosto? Anda, nieva, por favor.
Me resulta curioso que todo se mueva menos las nubes; es como una de esas pelis en blanco y negro cuando los actores van en coche y mueven el volante de un lado a otro, sin mirar la carretera, y los cambios en el paisaje que se ve a través de las ventanillas no se corresponden a los movimientos del conductor. No sé nada sobre nubes, no sé, a lo mejor es que están demasiado altas y el viento no las alcanza, o a lo mejor es que pesan demasiado. Yo qué sé. Ayer vi un erizo desde la ventana. En realidad no sé si era un erizo, primero pensé que era una rata pero caminaba demasiado despacio, y entonces él me dijo "no, es un erizo". Un erizo era, pues. Hoy no creo que le vea, yo no saldría si fuera él.
Relámpagos, relámpagos, pero no hay truenos.


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Trenes arriba y abajo. Trenes de pies encima del asiento delantero, de ventanas abiertas y vagones para fumadores. Fumar mirando el mundo pasar desde la ventana de un tren es posiblemente una de las cosas más melancólicas y románticas que se puedan hacer. Arriba y abajo, arriba y abajo. Del oeste de Hungría al este de Eslovaquia, y al oeste de Eslovaquia, y al este de Hungría y al oeste de Hungría otra vez.

Trenes de revisor con gorra de plato, trenes cómodos en los que dormir apoyados uno encima del otro, trenes de polvo furtivo en el lavabo.
Se hace de noche y seguimos en un tren, y todo sigue pasando deprisa ahí fuera, pero oscuro. Y, en realidad, yo no quiero bajarme nunca.

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Al final sí volví a ver al erizo. Hace días ya, pero es que yo sigo acordándome porque como dice él soy una niña de ciudad y para mí ver un erizo es como ver un unicornio casi.
Salió con la tormenta eléctrica, el muy valiente. Volvíamos de nuestro paseo y cuando él me apretó la mano y señaló a mi derecha con la cabeza, lo vi y grité. Caminaba tan despacio, despacio, con esas patas tan cortitas y las púas echadas hacia atrás. Pasó a un metro de mí, ignorándonos, cruzó el camino de grava y se metió bajo un coche. Estuve tumbada un rato en el suelo, boca abajo, con el cielo iluminándose cada dos minutos, yo conteniendo la respiración. Pero no.

martes, 6 de mayo de 2008

Racing rat

Llegó sucia, con rastas, abandonada, vilipendiada y triste. Al principio me costó que se adaptara a una nueva vida de lujo y mimos, de hojas de lechuga iceberg y dos limpiezas semanales, dos paseos al día y recorte de puntas mensual. Pero ahora, já, ahora se nos ha vuelto una déspota, una exigente, toda una caciquilla, mi rata.
Salgo a buscarla a la terraza lanzando sonoros besitos al aire, y asoma su carilla de roedora por entre los maceteros, olisqueando el peligro, cerciorándose de que sea yo y no un halcón o un águila imperial la que emite esos sonidos. Una vez convencida, pumpumpum, mueve su culo de panadero hacia mí mientras me responde con tres o cuatro gritos irritantes.
Al llegar a su jaula, la poso suavemente sobre su cueva de madera, pero ella no tiene paciencia ninguna, ya no, y se pone a mordisquear los barrotes inmediatamente. ¡Lechuga, perra, tráeme mi lechuga!, está diciendo. Nadie más la oye, pero yo sí, y me río. Y como otra cosa no seré pero obediente un rato largo, pues allá voy, sin perder ni un segundo, hacia la nevera del taller. Arranco una hoja, la corto a trozos medianitos, y cuando llego ya me está esperando de pie, moviendo la nariz con las manitas a la altura de los dientes. No da saltos porque está redonda como una pelota. De entre todos los pedacitos, escojo el más oscuro, de la puntita de la hoja, que es lo que a ella le gusta. Pero es que la lechuga ya lleva un par de días siendo deshojada y esas puntas ya no son tan oscuras, tan apetecibles. Así que huele lo que le ofrezco, me mira, olisquea de nuevo y me vuelve a mirar, incrédula. Le vuelvo a ofrecer el mismo trozo, es lo mejor que tengo... lo siento... y casi me parece oír cómo chasquea la lengua, condescendiente. Así que la agarra, venga, va, trae... e inmediatamente la escupe al suelo de la jaula y se me queda mirando otra vez. Ahí va el resto, al plato, le digo, y le cierro la puerta.
Y da un saltito, o más bien se deja caer, mirándome de reojo. Pah... si es que soy demasiado benévola contigo, escoria, dice mientras da un dramático golpe de efecto con su flequillo cardado.

jueves, 17 de abril de 2008

... cuatrocientos uno...


El domingo por la tarde, mientras intentaba maquillar ante el espejo los surcos que la interminable noche había dejado en mí, cantaba esta canción en voz alta. Él iba y venía, recogiendo sus cosas, pero a mí poco me importaba ya. Es lo que pasa cuando no tienes nada que perder.
Tampoco me había importado antes levantarme en la penumbra, separarme por un momento del refugio en que con el paso de las horas, y horas, y horas, se fue convirtiendo para mí el estucado de la pared, y vomitar, en un vano intento de que la tristeza que parecía estrujarme las tripas saliese por mi garganta rebozada en bilis. Parecías tan inofensivo, y me has roto el corazón como hizo el chico malo andaluz. Entonces tenía dieciséis años, ahora tengo treinayuno, pero aquí dentro todo sigue igual. O no, porque tampoco me importó decirle eso.
Y no me sirve no entenderlo, ni me sirve explicarlo y que todos me digan que no lo entienden, que me den sus teorías. Tampoco que él me diga que tampoco lo entiende y que busca la suya propia. Ni siquiera tener la mía, me sirve. Yo quisiera dar marcha atrás y que este fin de semana no existiese; alargar un poquito más la enésima llegada del lado oscuro. O, si eso no puede ser, que me mienta, que se invente algo capaz de hacerme decir de acuerdo, vale, está bien. Un miserable arrepentimiento electrónico no es suficiente tirita.
Y le echo de menos de una manera terrible, dolorosa, muchísimo más dolorosa que cuando lo único que echaba de menos era su cuerpo desgarbado y su pelo rubio y su cara que no es tan bonita. Le eché de menos el sábado por la noche cuando estaba en mi cama, y el domingo por la mañana cuando seguía en mi cama, y un rato después, mientras follábamos, también le estaba echando de menos. Pero lo único que me queda es una cuenta en números rojos; una línea telefónica cortada por falta de pago, bonito recuerdo. Un billete a Berlín para el mes que viene cuya finalidad he sopesado miles de veces ya, mil y una si contamos la que ha vuelto a acontecer hace cinco segundos cuando he comprobado que de nuevo tenía un email suyo.
Al final resulta que lo que más me gusta de las pocas personas que me gustan es lo que acaba jodiéndome hasta lo más hondo.

jueves, 20 de marzo de 2008

Quiero hacerte feliz porque sé que ya lo eres

Aunque me hiciese la chula mirándole fijamente, aunque yo sonriese todo el rato y él volviese a tartamudear un poco intentando pedir lo que yo ya sabía que quería, la verdad es que casi me muero de vergüenza. Vulnerable. Sola en el cuarto, viendo su habitación que está tan lejos, su cama, sus dibujos en las paredes, su ropa en el suelo, entre bromas y risas y frases que no venían a cuento, accedí a complacerle; encantada, lo que tú quieras. Y fue tan excitante y divertido que esta mañana iba en el metro sonriendo y levantando los hombros, y ni siquiera he notado que el mp3 ha parado en algún punto del trayecto al trabajo. Solamente al quitarme los auriculares para entrar me he dado cuenta de que hacía mucho que Beirut ya no cantaba.




El chico alemán no pone cara de imbécil, ni tampoco cara de no entender nada, que es casi peor. Por más atención que preste no consigo escuchar los engranajes de su cerebro acoplándose y reseteándose. Se ríe, y luego me ignora. O se ríe y luego me arrincona contra una pared de un museo. Y después de comernos un bocata de tortilla de patatas con pan con tomate, bajo un sol débil pero deslumbrante, sentados los dos en los escalones de un embarcadero del Moll de la Fusta, se coloca y se recoloca y se vuelve a colocar el pelo detrás de la oreja para preguntarme si quizá, si maybe, soy something to be considered as his girl... or something like that... Y es porque es frío y brillante como un bello ciborg que no salgo huyendo sino que me arranco el corazón mientras todavía late y se lo doy, todo para él, que a mí no me hace falta ninguna. Y él que se lo dé a sus zombis, que lo guarde en un túper o que haga con él lo que le salga de esos huevos tan rubios que tiene, que lo que tenga que ser será.

martes, 5 de febrero de 2008

Estando las cosas como están

Me digo a mí misma: venga, escribe algo aquí, entra a sacar el polvo ni que sea... Y no es que ya no me fije en la gente, no es que la humanidad haya dejado de parecerme imbécil y sorprendente a partes iguales, sorprendentemente imbécil podríamos decir. No es apatía sino todo lo contrario: por primera vez en más de un año he sido capaz de leer un libro entero, estoy estudiando alemán, hasta he escrito un par de páginas del proyecto que tengo en común con B. Pero el rollo del blog es diferente, porque si algo sé tras los años que llevo con blog es que luego me releo y me muero de vergüenza. No siempre, solamente cuando me pongo cursi o sensiblera. Así que mi estado actual no es ni de lejos el adecuado para proponerme dejar algo plasmado aquí.
Porque es que si lo hago tendré que hablar otra vez del chico alemán, del fin de semana que he pasado en Berlín con él. Tendré que explicar lo fantástico que sigue pareciéndome; lo inteligente, lo ingenioso y lo frío que es. Tendré que relatar el encuentro en el aeropuerto, los segundos eternos mirándonos muy cerca, todo lo que nos permitían los centímetros que nos separan, y yo hablando sin parar, tartamudeando casi, hasta que el primer beso me hizo callar de una puta vez. Tendré que contar cómo tenía que esforzarme para no quedarme mirándole absolutamente embobada (y nunca esta palabra tuvo un sentido tan literal) mientras él charlaba con sus amigos, allí, en su hábitat natural. Cómo de repente era consciente de mi cara, la cara de quien tiene una aparición mariana, y tenía que obligarme a desviar la mirada con un carraspeo. Tendré que describir el escalofrío que sentí cuando el sábado por la noche, ajenos ya al concierto punk que tronaba en la sala contigua, totalmente inmersos en nuestra competición privada de a ver quién se acaba antes la cerveza, me dijo muy serio, muy sobrio, muy alemán: ok, and now, I'm gonna tell you something nice. Are you ready? Y también que no, que no lo estaba. Tendré que referir las bromas absurdas, cute Piticli; fosas comunes para gambas judías; you're so stupid; I'm a fucking princess; maybe you should start to vomit again, fattie. Tendré que buscar las palabras adecuadas para intentar definir el sentimiento que me sobrevenía a cada rato, los dos en el colchón tirado el suelo, rodeados de ropa sucia, de libros, de pedazos de una vida que en realidad me es ajena y que, incomprensiblemente al menos para mí, se me antojaba por momentos tan conocida, tan digna de confianza. Y claro, tendré que hablar de la certeza que me sobrevino nada más decir bye de que éste va a ser el febrero más largo de todos los febreros de la historia.
Así que no, no, no pienso hablar de él, que una ya tiene una edad o dos, un bagage emocional y una reputación que mantener.

jueves, 17 de enero de 2008

El amor me sienta tan bien

La última vez que me duché era domingo; ayer mi sobaco olía a rata muerta. A hombre. No me he cambiado de pantalones ni de sujetador en toda la semana. Qué coño, en toda la semana no, la semana pasada ya llevaba estos pantalones; volví de Berlín con estos pantalones. Anteayer dormí en el sofá y ayer me acosté, sí, pero vestida. Con Los Pantalones.
Disimulo, me lavo como un gato por las mañanas, me pongo cera en el pelo para que la gente normal piense que el efecto final es el que yo buscaba; me quito los restos del día anterior y vuelvo a ponerme rímel y colorete.
Solamente me acuerdo de desayunar, por la mañana sí tengo hambre. El resto de comidas del día, o me las recuerdan las circunstancias o se me pasan.
Y así por lo menos quince días más, ya lo estoy viendo. ¿Sobreviviré el tiempo suficiente para volver a Berlín o me consumiré antes? ¿Lograré mantener mi empleo? Yo me duché el domingo. Yo el lunes. Pues gano yo. Bueno, ya veremos, yo aún no me he duchado.

lunes, 7 de enero de 2008

Mi cabeza ha hecho catacrocker en Berlín porque...

... me he enamorado. Catacrocker. Me he enamorado del chico alemán. Me he enamorado de Timo. Y me he enamorado porque:

sus ojos son azules, enormes y tristes; cuando quedábamos, excepto la última noche en la que yo me lancé directamente a por él porque a esas horas ya le estaba esperando como a agua de mayo y ni siquiera veía a los chicos guapos que estaban a mi alrededor, hablábamos durante horas antes de darnos ni un solo beso; su postura y manera de moverse son extrañísimas ambas; es dulce y encantador; me llevó a un club en la parte oeste donde ponían música indie y me arrastró a la pista de baile cuando sonó The Knife; le gusta ducharse incluso menos que a mí; entiende mis bromas y se ríe con ellas; es tan inocente que es capaz de decirme mirándome a los ojos que le ha hablado de mí a sus amigos y que he really likes me; ha hecho una canción con una base acústica y los ruidos de la puerta de su habitación, la de la sala de estar y el tendedero abriendo y cerrándose solo para entretenerse; su pelo es rubio, because he's German, y se lo corta él mismo, aunque en realidad parece que se lo haya mordido su perra Nelly; es diseñador de videojuegos para móviles y no tiene móvil; entendió perfectamente qué eran nuestros Testimonios (I'm never cold because I'm blond... and German); cree que la gente, incluido él, es mala; es capaz de reirse de mi humor más negro negruzo; tiene unos calzoncillos para salir a la calle (the warm ones) y otros para estar por casa (the comfortable ones), aunque en realidad son iguales; compartió su bufanda conmigo cuando yo perdí mi chal definitivamente, y me arrastraba por las calles desde su cuello treinta centímetros por encima del mío; la última mañana me lanzó un billete de diez euros como pago por los servicios prestados; cuando le dije que estaba empezando a sospechar que en realidad no tenía amigos me dijo que sí los tenía, y que le era indiferente si los demás podían verles o no porque él estaba seguro de que le querían; se pone camisetas mohosas para dormir; odia a los punkies porque siempre llevan cachorros, nunca perros viejos; su habitación es un caos absoluto; cuando le dije mi edad ni siquiera pestañeó; tartamudea cuando no encuentra la palabra en inglés que está buscando; he's shy; es un fumador pasivo excelente confeso; vive en un edificio precioso con molduras en los techos y con un ventanal desde el que se ve la nieve caer; se ríe de mí porque siempre pierdo algo, porque se me olvida comer, porque me emociono cuando nieva... porque sí; le parece lo más normal del mundo que duerma en la cama con mis dos perros; vive lejos y así es muchísimo más fácil, dónde va a parar, mantener la ilusión de que es absolutamente perfecto; he's German; me iba colocando encima de escalones para no coger tortículis al besarme (hello, my name is O. and I'm short... because I'm Spanish...); lo único que dijo cuando le solté que estaba enamorada de Pete Doherty fue aha, the one with Kate Moss, the drug addict guy... do you want another beer?; besa de puta madre, esa clase de besos que te hacen olvidar que estás a doce grados bajo cero; cuando estaba durmiendo y yo le puteaba porque ya estaba despierta y me aburría me cogía fuerte y fingía seguir durmiendo... pero no, claro; su tatuaje es aún más raro que el mío; cuando contesta al teléfono dice hallo (alló)... because he's German; no soltó ni una frase grandilocuente; está delgado, delgadísimo, ñam; su habitación está llena de libros, en las estanterías, amontonados en el suelo, sobre las mesas... pero no le gusta pensar porque cree que es la única manera de ser feliz; no empecé a notar los efectos del gripazo que se estaba gestando en mí hasta que salí ayer a las dos menos diez por la puerta de su casa...
Y seguro que por mil cosas más, pero ésta es toda la claridad mental que la gripe me permite ahora mismo. Y seguro que por mil cosas menos también, pero en estos momentos eso me la pela.
Y porque me siento lo suficientemente bien como para mandarle un email al día siguiente diciéndole que, definitivimante, dos meses son demasiado tiempo.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Perestroika, una metáfora sobre J.

Cuando visitamos la Berlín del muro nuestro guía fue J., un chico más majo que las pesetas. Nos tuvo casi cinco horas con aquellas temperaturas recorriendo la ciudad, no dándonos datos sino contándonos una historia con argumento, con su inicio, su nudo y su desenlace, de manera que cuando llegó el momento de desvelarnos cómo el muro acabó cayendo rompimos en aplausos y nos contuvimos las lágrimas, más que nada por el temido efecto estalactita.
Al quitarse el gorro para entrar en el museo de la Stasi, descubrimos que J. era mono, mira por dónde, lo que le dio al rato largo que nos quedaba un punto más de diversión, si cabe. Y nosotras, que somos majísimas también, empezamos a hablar con él durante los trayectos entre parada y parada, preguntándole por detalles importantísimos que se le habían escapado en su narración y, cómo no, entrando en valoraciones personales. Y ahí la cagó nuestro J. Porque no se puede creer en la utopía cuando llegas a cierta edad y tienes tantísimos datos históricos almacenados y capacidad para hilarlos tan bien entre sí, joder. No puedes pensar que hay buenos y malos. ¿Cómo tener tan claro lo que está bien y lo que no?
No plantearte siquiera que tú puedas llegar a ser el malo. Si se diera la circunstancia, ése es el tipo de persona capaz de hacer lo que fuese por su idea del bien; a mí eso me acojona.

martes, 4 de diciembre de 2007

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Cuando puse punto final a nuestra relación estaba totalmente aterrorizada. El día a día fue fácil, seguir adelante fue fácil, follar con niños guapos fue fácil. Pero luego una tiene que quedarse a solas consigo misma y luchar contra ese enorme vacío. Aprendí muchas cosas en esos diez años, pero sin duda la lección más valiosa para mí fue ser capaz de mostrarle a alguien lo vulnerable que soy; fue a partir de ese momento cuando dejé de vomitar(me). Durante todo ese tiempo, cada vez que me sentí así no tuve más que agarrarme fuerte fuerte a él, hundir mi metro sesentaytres en su metro noventa y esperar a que todo pasara. Y todo pasaba, y por un rato era como soltar todo el oxígeno y disfrutar de la cadencia de las cosas en lo profundo de una piscina.
Los abrazos. Perder los abrazos fue lo peor.
Ahora voy a su casa y le ayudo a recortar pósters de películas para forrar el armario de su nueva habitación. Ayudándole a redecorar su vida. Y mientras, él se muestra tan sincero, tan frágil dentro de ese metro noventa, tan pequeño como solo yo le he visto alguna vez. Y soy feliz. Soy feliz porque sé que lo que pica cura, porque una vez más alguien a quien quiero me ha demostrado lo fuerte y lo humano que puede llegar a ser. Me siento orgullosa de él. Y soy consciente de que si eso no funcionó, de que si esa historia de amor que fue perfecta durante tantos años no duró para siempre, ninguna lo hará. Pero no me importa, no me importa en absoluto. Porque entonces me siento en su cama, a su lado, y nos fundimos en un abrazo antiguo, un abrazo de diez años que ahora sé que no terminará nunca. Y luego entro en hotmail para ver si mi última invención ha dado un nuevo fruto.

martes, 27 de noviembre de 2007

First we take Manhattan...

Lo mejor no fue encontrarnos con Daniel Bruhl en el club más bonito en el que he estado en mi vida, ni pillar un tour en que por doce euros un chico, encantador aún a pesar de su irritante mezcla de ingenuidad y bienpensantismo mal entendido, consiguiese que durante casi cinco horas lo único que ocupara nuestras mentes fuese la historia de Alemania durante el último siglo.
Aunque no estuvo nada, nada mal, tampoco fue lo mejor salir la noche siguiente sin espectativa alguna de llegar a igualar a la anterior y de repente, sin comerlo ni beberlo, encontrarnos con dos jovencitos guapos y arios hasta decir basta sentaditos a nuestra vera. Ni tan solo el hecho de que cuando saliésemos del local a las siete de la mañana, encaminando cada una nuestros pasos hacia una punta distinta de la ciudad, ésta estuviese cubierta de un precioso manto blanco sobre el que poder patinar.


Sar en Berlín, alegoría del alternativismo.


Lo mejor, lo mejor, lo mejor, fue hacerlo juntas. Porque hay que tener en cuenta lo difícil que es, hay que tener en cuenta las poquitas probabilidades que hay de encontrar en este puto mundo a alguien cuya visión de las cosas sea exactamente la misma que la tuya; alguien con quien una mirada de reojo baste para saber qué te ha hecho gracia en un momento dado, con un sentido del humor exactamente igual de hijo de puta que el tuyo, con quien no sea necesario acabar las frases y que, de hecho, cuando no encuentres la palabra justa, coño, coja y te la dé.
Lo de menos es cómo tira cada una luego adelante con ese bagaje. Lo de más es saber que quieres a alguien con conocimiento de causa, porque sí, porque tiene que ser así y no puede ser de otra manera, y no porque así lo hayas decidido.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Doll is mine

No me lo follé. Estaba ahí, en ese sofá negro en el que se sienta su novia arrastrando consigo microscópicas partículas de mis fluidos corporales. Acorralándome como sin querer, con esa cara de idiota, idiota, idiota; esos ojos grises enmarcados con una eterna aureola lilácea, esa media sonrisa, dios, esa media sonrisa, esa pintilla de inocente bienpensante. Tan rematadamente guapo. Y diciéndome que no hacía falta que me fuera, que me podía quedar a pasar la noche. Y a mí, pobrecita de mí, que llevaba dos horas esforzándome para que el alcohol no mitigara mi capacidad de raciocinio, dos horas obligándole a decir cosas que en realidad no quería escuchar, con Blonde Redhead como banda sonora original de la escena (lo cual no ayudaba en absoluto), el estómago vacío y revuelto por los nervios pasados; a mí, pobrecita de mí, no me quedó otra sinó irme al lavabo a mear, los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos, e intentar llegar a un acuerdo con esa parte de mí, la que es irracional y hormonal hasta las trancas y que no paraba de gritarme, la muy hija de puta, ¡un polvo! ¡Un puto polvo y te vas!
Mientras salía por la puerta veía su incredulidad camuflada tras esa maldita pose de niño bueno, y mi propia incredulidad le decía bye, drummer. Bye, drama.

lunes, 15 de octubre de 2007

Soy libre

Me sentía en inferioridad de condiciones, eso era lo peor de todo. Mi pobre ego. Vulnerable, frágil, a su merced.
En realidad fue casi como siempre. Recibí un mensaje y empecé a sudar. Silbó y acudí. Le vi y a punto estuvo de desmoronarse mi castillo de naipes. Le olí y el nudo en mi estómago se apretó un poco más. Lo normal, vamos.
Pero ese casi. La diferencia es que esta vez le dije la verdad, toda la verdad. Que cada vez pienso que va a ser la última. Que necesito más claridad; no honestidad, claridad. Que no, que no, que no quiero ser su novia, que no quiero ser la novia de nadie, pero que sería él si tuviera que ser alguno. Que es tonto. Que es tonto y me gusta. Que me gusta a pesar de ser tonto, que me gusta porque es tonto, que soy tonta porque me gusta.
Y la verdad me hizo libre. Y a la mañana siguiente, desayunando en la terraza, hablamos del rey y de Paris y de Britney y de la manera de colocar las pinzas en la ropa y del nirvana y de los bichitos que atacan sus petunias y de más, de mucho más. Durante horas.
Y fui yo. Fui más yo de lo que nunca él había sido testigo. Para mí, eso lo cambia todo.

miércoles, 3 de octubre de 2007

All sparks

Le he sacado brillo a mi cristal, a todos mis cristales, en realidad. A los de colores, los de aumento, los cóncavos y convexos, hasta a los traslúcidos.
Y es que juntas seremos de nuevo un caleidoscopio cojonudo, estoy segura.

lunes, 10 de septiembre de 2007

María de la O

Qué rabia me da a veces. Así no puedo echarle la culpa a nadie, joder. Y como sé que te vas aunque aún no te despidas, mi alma coplera sale de las profundidades, herencia de mi abuela granadina, supongo, y tengo que controlarme para no escribir el post más triste del mundo. Si quisieras podría ponerle letra a esas canciones tuyas tan aburridas, un estribillo cursi y ñoña que rimara corazón con intuición. O con melón.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Enjoy the ride



viernes, 3 de agosto de 2007

El teu nom

Llamo a gente por tu nombre y tardo segundos en reaccionar. Me miran extrañados y se ríen, porque todos conocen tu nombre. Le pongo tu nombre a todas las cosas, sin querer y sin poder. Le pongo tu nombre a un icono que parpadea en la pantalla y le hablo muy seriamente, bajito y con la voz grave, porque las cosas que le cuento son importantes.
Las cosas importantes son tonterías. Las tonterías son lo único importante.

jueves, 19 de julio de 2007

The reprisals from the geek army

Firma aquí, aquí, aquí y aquí. Y aquí también.
Cosas mundanas, grises, mediocridades, momentos de la vida de los personajes que nunca aparecen en las películas, excepto en las españolas o las argentinas, claro. Puede que Kiarostami los reflejara también si fuese una escena habitual por esos lares; enfocaría de cerca el bolígrafo y las miradas de los protagonistas cada vez que se dibujara un garabato al final de la página, las idas y venidas de quien está al otro lado de la mesa, el parpadeo del cursor en la pantalla del ordenador. Letra pequeña.

Yo firmo y firmo y no presto atención a qué. Me da igual, luego ya me lo explicarás si es necesario saberlo. Respondo sí sin haber oido la pregunta, pero él me salva de morir en un océano de números rojos; yo sonrío como siempre y bromeo como siempre y silbo como siempre.

Qué rara es la confianza, por escasa, por poco habitual. Y supongo que debería volver a cambiar de nombre y no ser ya Mrs. sino Ms. Sarmiento.

miércoles, 18 de julio de 2007

Henchida

Sin comentarios. Sin palabras. Si es que no sé qué decir ante esto. ¿Gracias? Sí, gracias.






Aún no había encontrado nada apaisado y digno de ser enmarcado en el precioso regalo que me hizo xaral. Pues ya está, problema resuelto (alcayatas aparte...).

martes, 17 de julio de 2007

Hay arañas en tu habitación


Vigilando siempre mi zona permafrost, que no le afecte el cambio climático de los cojones y acabe saliendo a la superficie aquello que mantengo a salvo y oculto bajo la tundra. Que no es que me preocupe que ojos ajenos sean testigos de mi sección de congelados, es a los propios a quienes quiero evitar a toda costa esa visión. Porque una cosa es coger pedacitos de vez en cuando, cuando a mí me parezca conveniente, y meterlos en el microondas para ver cómo giran, pues las cosas que giran me atraen; contemplarlos un ratito, no demasiado, para luego tirarlos a la basura, que lo que se ha descongelado una vez ya no se puede aprovechar. Y otra cosa muy distinta es que te pongan el plato precocinado delante, y si no lo quieres para comer, pues te lo vas a encontrar a la hora de la cena. ¿Que no? Pues al día siguiente. Como mi madre con las lentejas cuando era pequeña.